Carta a Italia
Querida Italia,
Te escribo desde el rincón más profundo de mi corazón, donde vives desde que tenía doce años. Allí, en ese cuarto lleno de libros, sueños y una grabadora (vintage) donde escuchaba canciones en un idioma que sonaba como poesía, empecé a imaginarte. No entendía todo, pero no me importaba. Me bastaba con saber que en algún lugar del mundo existías tú: con tus calles de piedra, tus gelatos, tus canciones y ese acento que parecía un abrazo., sin olvidar ese movimiento de manos de todos los días.
Ese primer encuentro, a los 14 años, fue como abrir un regalo largamente esperado. Todo era nuevo y, a la vez, profundamente familiar. Recuerdo caminar por Roma como quien pisa un escenario soñado, con los ojos abiertos de par en par y una emoción que no cabía en mi pecho. Cada rincón era una postal viva: la Fontana di Trevi, el Coliseo, los helados, los acentos... Me enamoré sin remedio. Estaba viviendo mi sueño adolescente y reviviendo los lugares donde estuvo Lizzie McGuire (me sentía soñada) además de que todo estaba lleno del calcio italiano, habías ganado la copa mundial ese año (2006)
Y entonces, volví.
A los 20 años me animé a viajar sola por primera vez. Te confieso que tenía miedo. Pero también una emoción inmensa en el pecho. Era como si la niña que te soñaba por fin se encontrara con la mujer que se atrevía a cruzar un océano por ti.
Roma fue mi primer destino. Aterrizar allí fue como pisar las páginas de los libros que había leído. Recuerdo cómo me temblaban las manos al bajar del tren en Florencia, cómo el corazón me latía fuerte mientras caminaba por el Ponte Vecchio al atardecer. Me sentía en casa, aun sin conocer la dirección. Mi corazón se quedo en ese pequeño pueblito italiano: Castelraimondo, donde en Edulingua aprendí mil cosas nuevas y mejoré mucho.
A los 27, regresé a ti con el corazón lleno de recuerdos y la emoción de volver a Edulingua, ahora en San Severino Marche, esa escuela donde había aprendido tanto a los 20.
Esta vez fue distinto: me hice amiga de personas de Argentina, Bolivia, Brasil y Rusia. Compartimos risas, viajes, comidas, clases, dudas existenciales y muchos abrazos, además de mucha comida y gelato. Ese invierno italiano fue también el de mis 28 años, y lo celebré contigo como solo tú sabes celebrar: entre arte, historia, y belleza.
Vi uno de mis cuadros favoritos: Il Bacio, de Hayez, en La Pinacoteca di Brera, en Milán. Me paré frente a él con lágrimas en los ojos, como si todo lo vivido se resumiera en ese instante de color y emoción. Sentí que estaba exactamente donde tenía que estar. Lo mismo me pasó en Verona, ese lugar en el que jamás había estado se sintió como en casa.
La despedida fue dura. Muy dura. No solo porque dejaba un lugar que me hacía feliz, sino porque el mundo, sin saberlo, estaba a punto de cambiar. Mi viaje terminó justo al inicio de la pandemia.
Dejarte, cerrar la maleta, y ver cómo se cerraban también las fronteras fue como arrancar una página que no quería terminar. Pero incluso en la distancia, seguías latiendo dentro de mí.
A los 30, volví a ti con una sonrisa distinta. Esta vez, no viajaba sola: iba al encuentro de alguien que también te llama casa. Un ragazzo llegó a mi vida con quien compartí paisajes, trenes, desayunos, costumbres. Me mostraste cómo el amor también habla con acento.
Y entonces, a los 31, regresamos juntos. Y me regalaste más maravillas. Vi con mis propios ojos La Nascita di Venere de Botticelli. Me quedé sin palabras, sin aliento, con el corazón pequeño de emoción y grande de gratitud. Subimos hasta Piazza Michelangelo y vimos el sol esconderse detrás de la ciudad.
Ese atardecer —con Florencia bañada de oro, y su silueta recortada contra el cielo— fue uno de los momentos más perfectos de mi vida.
💗



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